En el año 1940 Gregg Toland se encargó de la fotografía de Las uvas de la ira, de John Ford, según la excelente novela de John Steinbeck (tengo una sana envidia por aquellos que se la han podido leer en inglés y han podido apreciar el enorme trabajo en la reproducción del registro lingüístico de los campesinos del medio oeste que se ven obligados a abandonar sus tierras, obligados por los bancos, y buscar en la carretera una nueva tierra prometida). Obra que catalogo de épica, pues se trata de la misma historia de siempre: los desposeídos en busca de la tierra prometida, magníficamente narrada y explicada, adaptada a la problemática del siglo XX, con fragmentos desgarradores, en donde el autor desgrana todas y cada una de las técnicas que utiliza el capital para mantener el beneficio, por encima de comunidades y personas, tal y como en tiempos pasados hacían reyes, gobernantes y tiranos.

John Ford supo llevar a la pantalla, con gran acierto, una gran novela, creando un gran film. Este film desmiente una de las máximas que se dio por difundir entre los críticos, y es que de una gran novela no puede surgir un gran film. Con Las uvas de la ira tenemos una gran novela y un gran film. Es cierto que en el film se cambiaron algunas cosas, pero en modo alguno creo que se alterase el mensaje. En ambos casos el mensaje final es el de que la gente va a seguir luchando, aferrados a la esperanza de mantenerse a flote.

Como siempre, aquí nos toca hablar de Gregg Toland, que es el responsable de la excelente fotografía de este film. Este fotógrafo puede ser considerado uno de los mejores exponentes del cine hollywoodiense y de su idea de hacer cine, un cine narrativo, de montaje invisible, en donde el protagonista es el actor. Decidir una posición para la cámara, trabajar con un objetivo, una iluminación y un película cuya sensibilidad permita la mayor profundidad de campo y dejar que los actores expresen en diferentes planos, sin recurrir a los cortes de montaje, excepto los estrictamente necesarios, y naturalmente los impuestos por el estudio, muchas veces con otro operador, sin la participación del director y con una luz neutra, que en blanco y negro es fácil de disimular, no así con el color. Es cierto que Toland no inventó esta forma de narrar, que empezó a fijar David Ward Griffith, pero la supo llevar a su máxima expresión al dar con los directores de cine adecuados, tales como William Wyler, John Ford u Orson Welles, entre otros. En cierta ocasión, cuando se le preguntó a John Ford por qué no movía la cámara de vez en cuando, este dijo, “porque los actores cobran más”.

Nos encontramos con que Gregg Toland es digno heredero de una forma de filmar y hacer cine, una forma que el llevó a las más altas cotas de expresión, integrando con una perfecta armonía, las tendencias fotográficas de otras cinematografías, como la de los expresionistas alemanes, para dar mayor intensidad a lo narrado y a la interpretación de los actores.

En la fotografía de Las uvas de la ira, Gregg Toland se inspira en fotógrafos como Dorothea Lange, entre otros, (el grupo f/64 es un buen ejemplo de las ideas estéticas de muchos de los fotógrafos de aquel tiempo, así como de cineastas y directores de fotografía). Por temática, la opresión de los desheredados, también utiliza las técnicas propias del expresionismo alemán, utilizando en algunos momentos, una fotografía fuertemente contrastada, con unos claros-oscuros de gran fuerza y textura, que contrastan con las imágenes luminosas de esas carreteras interminables por donde circulan modernos camiones y caravanas de desheredados en cochambrosos vehículos.

En Las uvas de la ira, la profundidad de campo de la fotografía de Gregg Toland es esencial para captar, no solo la inmensidad del paisaje, en donde se desarrolla esta gran historia de derrota, sueños rotos y esperanzas que se desvanecen y renacen; también lo es para captar los diferentes planos en que los actores se mueven y el entorno que les rodea, los detalles que aparecen en un plano y la reacción de los personajes en el mismo plano. Podemos decir que el montaje desparece (se hace invisible), se hace orgánico y la película te atrapa en sus imágenes con la luz, la música y la interpretación de los actores. Esta manera de filmar, esta idea cinematográfica, es la que ha hecho grande al cine de Hollywood, para bien y para mal.

No solo la profundidad de campo, también la posición de la cámara, el ángulo elegido para que los paisajes adquieran textura y fuerza marcando diagonales muy claras y agresivas, o situándose para realzar la grandeza de los personajes en toda su desesperación. Por cómo Toland posicionaba la cámara, en contrapicado, se hacía necesario construir, o trucar, techado en los decorados. No fue Toland el que inició esta práctica en decorados interiores, pues en exteriores era mucho más habitual, pero fue uno de los directores de fotografía que mayor partido supo sacar de esta manera de filmar.

La fotografía consigue cierto tono de carácter realista y hasta documental, acercando los hechos al espectador, que no solo se identifica con los personajes, en la mejor tradición del cine de Hollywood, también consigue que el espectador tenga la sensación de la inmediatez, de que eso justamente está pasando y forma parte de su historia más próxima y cercana.

Contaré una anécdota sobre un momento de las uvas de la ira, anécdota que se recoge en uno de los enlaces de aquí abajo. En una escena, en una tienda de campaña, Henry Fonda (Tom Joad), enciende una vela y se le ilumina el rostro. Para conseguir ese efecto que la vela no podía dar, Gregg Toland escondió una bombilla en la palma de la mano de Henry Fonda, consiguiendo la luz suficiente para crear la ilusión de la iluminación de la vela y dar un carácter dramático a la escena.

Resumiendo, la fotografía de Las uvas de la ira es un claro exponente del estilo de Gregg Toland, que recoge las influencias estéticas del grupo f/64 y de fotógrafos/as como Dorothea Lange; las influencias europeas del momento (expresionismo) y las sabe integrar en la tradición fílmica hollywoodiense, según las ideas de directores como Wyler y Ford, siguiendo la idea de facilitar la narración y hacer del montaje un elemento invisible. En ella utiliza con maestría la profundidad de campo, tanto en las escenas paisajísticas como en las dramáticas en interior, utiliza con maestría las diagonales en pantalla y sitúa la cámara siempre en el sitio adecuado para realzar el dramatismo de la escena, conseguir una narración fluida y que sean los actores los que se expresen y conseguir expresar y comunicar con la imagen, al tiempo que consigue la identificación de los espectadores con estos. Al mismo tiempo experimenta con la imagen y busca la manera de conseguir buenos efectos fotográficos, siempre al servicio de la narración. Naturalmente las decisiones de Ford y su exigencia como director tienen mucho que ver con que el trabajo de Gregg Toland sea efectivo y consiga estar por encima de otros trabajos suyos.

Josep García, Fotógrafo

http://www.hombreencamino.com/cine/curiosidades-de-las-uvas-de-la-ira/

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=toland-gregg

 

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