Hace algunos años que me dedico a la fotografía de bodas. Desarrollo mi labor en la ciudad de Barcelona, en su área metropolitana y en sus alrededores. Cómo llegué a ser fotógrafo de bodas es sencillo de explicar pero difícil de definir a nivel personal. Desde adolescente me ha gustado la fotografía y, cuando mis padres me ofrecieron la elección de un regalo especial e importante, les pedí una cámara fotográfica réflex. Cámara que me iba a acompañar durante varios años junto al objetivo de serie de 35 mm que venía incorporado. Durante los más de diez años que la utilicé le añadí un 28 mm, un 50 mm y un 105 mm, creo recordar.

Llevaba algunos años, como aficionado, haciendo fotografía de paisaje, retrato de amigos, composiciones variopintas, algún bodegón, experimentos varios, aprendiendo el uso de filtros, y todo aquello que hacemos los aficionados, con la diferencia con respecto al aficionado actual, de que los resultados de un disparo no había forma de saberlos hasta unos días o semanas después, cuando terminabas el carrete, y yo, igual que una buena parte de los aficionados de entonces y profesionales, estiraba mucho el carrete; ahora, disfrutamos de ver el resultado de una manera inmediata, no solo durante la toma fotográfica, también en la edición, tenemos la suerte de haber simplificado procesos. El caso es que, un día, tras ver las fotografías de una boda a la que había sido invitado, en un acceso de soberbia pensé, “yo lo puedo hacer mejor.” Realmente las fotos eran malas, y estamos hablando de una época en la que había cierta flexibilidad a la hora de juzgar un trabajo fotográfico. Nunca sabré si el profesional era malo o que simplemente había tenido un mal día; aquel día solo critiqué, para mis adentros, aquel trabajo en concreto. Otras personas fueron más crueles con la pareja al hacerles ver la mala suerte que habían tenido con el recuerdo fotográfico de un día tan significativo como el de su boda.

Las fotos de aquella boda marcaron una parte de mi destino: “Yo puedo realizar un mejor trabajo fotográfico.” Sí, también un puntito de soberbia y cierto ímpetu juvenil. Y así fue como empecé mi singladura como fotógrafo de bodas, bautizos, comuniones y cualquier evento social. Empecé por ofrecerme a parientes y amigos, que sabiendo que hacía buenas fotos, aceptaron gustosos mi oferta, no sé si por valoración de mis fotos o de su presupuesto; el caso es que aceptaban mi ofrecimiento.

Al realizar mi primer trabajo, para un familiar, me di cuenta de que fotografiar una boda no era fácil, y con el paso de los años, en alguna ocasión me sorprendo empatizando con el profesional desconocido cuyas fotografías marcaron mi destino. El reportaje fotográfico de una boda no es tarea baladí, tampoco es un imposible, pero este tipo de labor fotográfica tiene una serie de características que ignoraba y que descubrí de golpe. Empecé solo, sin ofrecerme a ningún fotógrafo como auxiliar, pues pensaba que mi experiencia como fotógrafo y mis años de práctica me iban a servir para salir airoso. De ser un fotógrafo aficionado pasé a ser el máximo responsable de que los novios tuviesen la mejor fotografía que yo les podía ofrecer con mis medios, mi equipo, mi experiencia y mi ingenio. Valga esta primera observación para dar un consejo a los que os estéis planteando ser fotógrafos de bodas. Si tenéis la oportunidad, empezad auxiliando a un profesional. Aunque bien es cierto que nadie se ha muerto ante la responsabilidad de un primer trabajo, y algún día os vais a encontrar siendo los máximos responsables de la fotografía y hasta del vídeo, ayuda el haber pasado un proceso de aprendizaje o adaptación al particular mundo de las bodas.

Hecho este inciso, consejo para quien piense ser un profesional en este campo, quiero aclarar el por qué sigo fotografiando bodas. Desde mi primera boda me di cuenta de la enorme responsabilidad que caía sobre mí. La pareja deposita su confianza en un fotógrafo para que capte con su cámara la esencia de ese día y cuente una historia en imágenes estáticas, cargadas de emociones diversas, que producen toda una serie de reacciones según los momentos y los detalles captados. Cuando veo reflejado en las caras de las personas que lo he conseguido, “el subidón” es total (Me tomo la licencia de hablar con un término coloquial). Ver un rostro ilusionado me hace feliz; y, como profesional de la fotografía, ver que mi trabajo consigue traspasar la linde de lo correcto y se coloca a otro nivel, me produce una gran satisfacción.

Para confeccionar un buen trabajo fotográfico es muy importante ser un buen profesional, conocedor de todo lo que interviene en el proceso fotográfico, hablo desde medir la luz hasta darle el último retoque a la toma conseguida. Hay un cierto instinto para captar el mejor ángulo, encuadre, ganarle el terreno a los mobileros, esos que además de dinamitar el trabajo del fotógrafo, te agreden la vista presumiendo de sus fotos. Pero si sumamos a todo eso la información y la planificación de la fotografía de la boda, podremos superar la linde de lo correcto fotográficamente. Es por esto, que es muy importante conocer a los novios antes de la boda, y hablar mucho, y no me refiero a telefónicamente, por washap o mediante correos electrónicos. Hay que reunirse, mínimo un par de veces, ya sea en la oficina del fotógrafo, o en casa de los novios. Nosotros, como fotógrafos debemos de informar y responder a todas las preguntas que la pareja nos haga pero, a su vez, también debemos interrogar a la pareja y saber el mayor número de detalles sobre ellos y sobre la ceremonia, sobre sus amigos y familiares, sobre los protocolos que seguirán, la simbología que harán servir, las personas que participarán. Toda esa información nos ayuda a planificar la ceremonia y decidir el tratamiento fotográfico. Consejo para las parejas: huid del fotógrafo o videógrafo que ponga trabas a mantener reuniones con vosotros.

Josep García, Fotógrafo