La fotografía es una de las artes o técnicas artísticas en la que lo aleatorio, lo imprevisible, la casualidad, adquiere gran protagonismo. Desde luego, que esta aleatoriedad no desmerece en absoluto el trabajo del fotógrafo, pues para hacer la toma hay que estar ahí, hay que haber previsto (estudiado) desde que posición podrás hacer buenas fotografías, has de elegir un objetivo, has de calcular una apertura de diafragma y un velocidad de obturación, has de elegir un ajuste ISO para la cámara, has de elegir, (en caso de que el presupuesto te lo permita), con que iluminación quieres contar y dónde la vas a poner, y todo eso ateniéndote a un plan que tienes en la cabeza o por escrito, si eres extremadamente metódico, de lo que quieres. ¿Qué quieres ver en esas fotos, qué quieres mostrar, qué quieres trabajar técnicamente? Sí, se que no he hecho referencia a otros temas como la temperatura de color, la dominancia cromática, y un largo etcétera que posteriormente se pueden trabajar en edición. Y aún, después de haber decidido todo esto, debes de tener la suficiente flexibilidad para saltarte tu propio guión y variar sobre la marcha una vez que comienza el espectáculo. Claro que no es lo mismo variar e improvisar sin pies ni cabeza, que hacerlo con un objetivo definido y tras una planificación, más o menos elaborada, pero planificación al fin y al cabo.

Pues después de todos estos preliminares de preparación fotográfica, la casualidad, lo imprevisible entra en escena y aquí es donde si no tienes la suficiente flexibilidad y capacidad de adaptación a las circunstancias, los árboles te impedirán ver el bosque, utilizando un refrán popular. El fotógrafo debe de ser consciente, incluso el que trabaja en estudio con todo bajo control, y estaría en la categoría de fotógrafo escultor, de que ante el objetivo de la cámara fotográfica van a suceder cosas que escapan directamente a su control, y que estas cosas van a quedar registradas. El fotógrafo debe decidir si continúa con el plan o lo varía si el imprevisto es muy grande y considera que no aporta absolutamente nada a su proyecto, o si lo integra por que considera que enriquece el proyecto. Esa cara indeseada, ese brazo inoportuno, ese gesto inapropiado, ese objeto que nadie sabe de donde ha salido, un OVNI; objeto volador no identificado, propio en según que contextos, y multitud de detalles en que no reparas en el momento de realizar las tomas, detalles, que con posterioridad, en la calma de tu laboratorio, tras repasar una y otra vez las imágenes, te harán tomar la decisión, en ocasiones muy difícil, de qué toma es la correcta, la mejor, la adecuada a tu proyecto o plan fotográfico.

Para realizar este trabajo de edición fotográfica, posterior al trabajo de campo, el de la sesión fotográfica, se ha de ser muy crítico con uno mismo, y se ha de tener una gran capacidad de dominio sobre la objetividad. Para elegir debes de sustraerte al amor de padre por su hijo, de autor por su obra, y eso es complicado, apagar ese ego interior que te impide ser objetivo con los resultados de tu sesión. Es por esto que hay quien prefiere separar el trabajo de campo y el de edición. Hay quien lo hace de una manera completa, realiza el trabajo de campo y entrega los resultados a un editor que seleccione y decida o si quieres seguir controlando los aspectos más importantes de tu obra, puedes optar por sentarte con el editor para hablar de las diferentes tomas, contrastar opiniones y tomar una decisión unilateral o consensuada. Esto es lo ideal pero presupuestariamente no es algo que esté al alcance de la mayoría de profesionales de la fotografía, es por esto que la historia suele acabar con el fotógrafo sumido en la soledad de su laboratorio y realizando todo el proceso.

Hemos hablado de la fotografía. Pero entre las artes en la que la aleatoriedad tiene gran protagonismo hemos de incluir el vídeo, cuya base es la fotografía, pues un vídeo no es nada más que un conjunto de tomas fotográficas, que a determinada velocidad provocan la ilusión del movimiento. En un rodaje de vídeo, aunque nos cubramos con varias cámaras, que no suele ser el caso en la mayoría de presupuestos, tras toda la planificación, similar a la de la fotografía, y a la que tenemos que añadir algunos supuestos como movimientos de cámara, guión a varios niveles, montaje… y un largo etcétera, hemos de estar abiertos a la casualidad, a todo aquello que el objetivo capta y que no entrando en nuestras previsiones, puede enriquecer o empobrecer nuestro trabajo.

Lo que es válido para la fotografía, en líneas generales, es válido para las capturas de vídeo, evidentemente que con ciertas diferencias entre una técnica y otra. Pongo un ejemplo: Tanto para la fotografía como para el vídeo necesitamos iluminación, pero mientras que en la fotografía tenemos una horquilla para jugar, en vídeo, en que entra en juego el movimiento en forma de panorámicas y travellings debemos tener en cuenta el tema del raccord, la continuidad visual, que afecta a la iluminación. En la fotografía podemos elegir tener esta continuidad visual o no, es una decisión que tomaremos en virtud de varios parámetros, pero ya hablaremos de ello en otro momento.

Y para concluir, quiero partir una lanza en favor de la fotografía y del vídeo, al comentar que toda técnica artística, en mayor o menor medida, se ve afectada por la aleatoriedad. Una pincelada, un material, una coma, un golpe, una exposición bajo determinada luz, al lado de determinados colores u obras, una restauración, una errata de edición, una nota olvidada, una entrada a destiempo… todo arte, en mayor o menor medida es hijo de la aleatoriedad, en forma de instante, de espacio, de manipulación, de error que en ocasiones puede ser feliz, de apreciación, de acústica, de timbre, de condiciones meteorológicas, de interpretación.

Josep García, Fotógrafo